Entre alertas y fenómenos extremos, el Gran Santo Domingo enfrenta no solo la intensidad del clima, sino la necesidad de consolidar una respuesta colectiva que reconozca avances y fortalezca la prevención.
Por Antonio José Gómez peña
Barcelona, España, 15 de abril de 2025. El Gran Santo Domingo se mantiene a mediados de esta semana en alerta verde, es decir, bajo condiciones de vigilancia o prevención debido a la persistencia de una vaguada y un sistema frontal que han generado inundaciones severas y lluvias históricas. El Instituto Dominicano de Meteorología (INDOMET) advierte que las condiciones seguirán inestables, con aguaceros fuertes, tormentas eléctricas y ráfagas de viento que elevan significativamente el riesgo para la población.
En este contexto, los torrenciales aguaceros y las fuertes ráfagas de viento ponen de manifiesto la complejidad de gestionar una ciudad expuesta a fenómenos climáticos cada vez más intensos. No obstante, reducir lo ocurrido a una narrativa de insuficiencia institucional distorsiona la realidad y niega los avances concretos y sostenidos que, desde hace años, vienen impulsando las autoridades para enfrentar estos desafíos, fortaleciendo la capacidad de respuesta y mitigación ante eventos de gran escala.
Cierto es que ningún sistema urbano está completamente preparado para absorber volúmenes extraordinarios de lluvia en lapsos tan cortos. Pero también es cierto que hoy el Gran Santo Domingo cuenta con mayores capacidades de respuesta que en el pasado. Las brigadas desplegadas antes, durante y después de las lluvias, la limpieza preventiva de imbornales, la asistencia directa en sectores vulnerables y la coordinación interinstitucional no son hechos aislados: forman parte de un esfuerzo continuo por mitigar riesgos y proteger vidas.
La diferencia, muchas veces, no radica únicamente en la magnitud del fenómeno, sino en la capacidad de reacción inmediata. Y en ese sentido, hay que ser justos y reconocer que se ha avanzado. Se actúa con mayor rapidez, se priorizan zonas críticas y se mantiene una presencia activa en el territorio. Esto no significa que todo esté resuelto, pero sí que existe una voluntad clara de mejorar y de responder con responsabilidad ante cada evento.
Ahora bien, cualquier estrategia de prevención será siempre insuficiente si no va acompañada de un cambio profundo en la conducta ciudadana. El drenaje pluvial no colapsa únicamente por la lluvia: colapsa, en gran medida, por la acumulación de desechos sólidos en calles, cañadas e imbornales. Cada funda de basura lanzada de manera irresponsable es un obstáculo más para el flujo del agua; cada acción individual tiene un impacto colectivo.
Por eso, hablar de prevención implica también hablar de educación. De entender que el cuidado del entorno no es una opción, sino una responsabilidad compartida. Que respetar los horarios de recolección, evitar lanzar residuos en espacios públicos y proteger las áreas verdes son acciones simples que, multiplicadas, pueden marcar una diferencia significativa en momentos críticos.
Las autoridades deben continuar fortaleciendo la infraestructura, ampliando los sistemas de drenaje y perfeccionando los mecanismos de alerta temprana. Pero la ciudadanía debe acompañar ese esfuerzo con una actitud más consciente, más comprometida con su entorno y con el bienestar común.
La ciudad a la que aspiramos tener no se construye sólo desde la gestión pública, sino desde la corresponsabilidad. Las lluvias se producirán, probablemente a veces con mayor intensidad en el futuro. La diferencia estará en qué tan consciente y preparada esté la ciudadanía, no sólo las instituciones, sino la sociedad en su conjunto.
Es imprescindible entender que prevenir no es solo una tarea del Estado. Es, sobre todo, una cultura de prudencia y sostenibilidad que debe ser construida entre todos.
Sobre el autor: Antonio José Gómez Peña es ingeniero, empresario estratega en desarrollo de proyectos y divulgador de temas de actualidad. A la fecha se desempeña como Cónsul General de la República Dominicana en Barcelona.
